Ponete desodorante, no te olvides el diccionario de latín

Querida mami

 

Apenas caminaba, o aún ni eso. Rumbo a su primera guardería, Ariel empujaba el cochecito. La bolsa con pañales, la merienda, la ropa con su nombre.

 

Hoy levanto mi cabeza en un ángulo de 45 grados, él se baja un poco y alcanzo su mejilla, áspera de barba, para darle un beso de despedida. Me aseguro de que tiene comida, de que no se olvida el diccionario de latín. 

 

Todo parece parte de un solo, largo, día.
 

Hace 18 años entregamos al sistema educativo un rubito regordete y caótico que sale ahora, alto y apenas domesticado, hacia su última prueba. Seis exámenes que lo habilitarán para una carrera universitaria.

 

Que te vaya bien, hijo, acordate de tomar agua, ponete desodorante que hace calor, aprovechá el trayecto para repasar las décadas, las declinaciones, las corrientes filosóficas. Y sobre todo, no te olvides de ser feliz.

 

Tiemblo un poco, quizá de nervios, a lo mejor de angustia, puede ser de orgullo, seguramente de emoción.

 

Me escribiste ayer mientras estaba en el bosque. Me hablaste de tus lecturas, de tus estudios, de nuestra educación. De Gabriela Mistral, de Piaget, de Foucault. De los libros que regalaste y que no estaban en la biblioteca de casa. Del Kerouac y del Borges que convivían en un estante con los bestsellers que relegaste a un armario tras el divorcio. De la carrera que no hiciste aunque tus profesores te veían talento de sobra. De la que sí ejerciste y pusiste en pausa durante la crianza. De la que retomaste hasta tu jubilación.

 

Fuiste docente tantos años. Y esa madre amorosa que me llevaba una taza caliente en las mañanas de invierno para que desayunase antes de saltar de la cama, vestirme en cinco minutos y salir a la madrugada aún oscura y helada para tomar el colectivo hacia la escuela. Y antes los transportes escolares y los coches, nunca caminatas, siempre trayectos de al menos media hora porque la calidad del colegio lo justificaba. 

 

Él es muy valiente, tiene gimnasia en incertidumbre y atracones de estudio. ¿Te acordás el verano pasado? Estabas aquí y con tu mirada lo obligabas a seguir una página más. Qué autoridad tiene la abuela, decía él. Casi todos los años cabía la posibilidad de que esta vez no, pero pasaba de curso. 

 

Ahora planifica y a la vez se entusiasma con la idea de no poder imaginar el próximo tramo. Que todo sea sorpresa. Sentirá un alivio enorme cuando entregue ese último papel que acredite que ha cumplido con cada exigencia de esta burocracia empedrada de buenas intenciones.

 

Nos hemos quejado tantas veces, nos hemos imaginado mil remedios para sacudir la apatía de las aulas. Pero les hemos preparado cada día el desayuno para cumplir con otra jornada, sin rebeldías más reales, de homeschooling o escuela alternativa. ¿Estuvimos bien? Hicimos lo mejor que teníamos a nuestro alcance.

 

Y el resto de horas hablamos con ellos de sentimientos, de películas, de recetas de cocina, de dinero, de trabajo, dimos ejemplos, nos equivocamos, sostuvimos crisis. Sin saltarnos un solo día. Nunca dijimos hoy no tengo ganas de educarte. Desde la palabra y desde el silencio, desde el acto nimio de la ducha, desde las lágrimas y los gritos que nos dibujaron como humanos que siguen aprendiendo.

 

Ellos lo agradecen. Dicen gracias mami, gracias papi. Es más valioso que cualquier informe brillante ese agradecimiento.

 

Este fin de semana estuve en el bosque con una amiga y un amigo. Hablamos mucho de la maternidad, la paternidad. Él tiene ya hijos adultos, ella un niño de primaria. Debatimos sobre nuestros errores, nuestros miedos, nuestras lecciones de vida. Siempre llegamos a la conclusión de que los hijos hacen su tarea existencial y nosotros solo nos sentamos en la butaca de espectadores, en el asiento de acompañante. 

 

Entregando pañuelos, poniendo platos a la mesa, rellenando formularios, pagando facturas de la luz, tejiendo la arquitectura preciosa y frágil que sostiene esas almas en construcción. 

 

Miro el reloj. En seis minutos mi hijo mayor estára comenzando a escribir un examen de Historia. Esta tarde regresará a casa sin guión, listo para llenar de aciertos y erratas la hoja en blanco de una vida adulta. Le soltaremos la mano, seguiremos atentos, sosteniendo la respiración, mordiéndonos la lengua antes de excedernos en consejos.

 

Que te vaya bien, hijo, acordate de tomar agua, ponete desodorante que hace calor, aprovechá el trayecto para repasar las décadas, las declinaciones, las corrientes filosóficas. Y sobre todo, no te olvides de ser feliz.

 

Tiemblo un poco, quizá de nervios, a lo mejor de angustia, puede ser de orgullo, seguramente de emoción.

 

Quién más que vos, que mi madre, podrá entender este temblor.

 

un abrazo


 

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