El privilegio de la memoria

Querida Uma

 

Te envío un borrador más acabado de este texto. Qué hermosa sorpresa escucharlo leído con tu voz de cuentacuentos. Quizá pondría una música francesa de fondo, o ¿crees que le queda mejor el tango?.

 

Me has inspirado y creo que haré una serie de audiocartas, ya me lo había pedido otra amiga y hoy me digo que sí, que es buena idea.

 

Aquí va:

 

Me despierto inusualmente temprano. Estoy fuera de casa, me he tomado unos días para avanzar con mi proyecto. Me cuesta muchísimo encontrar mi tiempo creativo y tengo que imponerlo como si despejara a machetazos un camino en medio del Amazonas.

 

Para mi último cumpleaños me regalaron una caja de bombones. Mi hija escribió una nota: “No hace falta que compartas todo. Con amor, tu familia”. Ella se refería a los chocolates y sin embargo fue un regalo mucho más amplio. Cada tanto saco ese pequeño papel con olor a cacao para recordar esta máxima.

 

Hace días que siento la necesidad de escribir sobre mi abuela paterna. 

 

A la madre de mi papá no le decíamos “abuela”. Tenía 42 años y estudiaba francés cuando yo nací. Decidió que les diríamos “Memé y Pepé”. Aún la llaman así sus decenas de nietos y bisnietos y su nombre de tango quedó escondido tras ese seudónimo.

 

Hice un viaje sola a Argentina en 2014, la última vez que vi a mi padre. En un mismo día estuve con mis dos abuelas. Y sentí claramente que eran mitades de mí, indivisibles. La hogareña y la aventurera. 

 

Cuando la fui a ver esa tarde, ya sufría de Alzheimer. “Mami, a que no sabés con quién estoy”, la desafió mi tía. “¿Con alguien de España?”, respondió ella. 

 

Es tan curiosa la memoria. Recordaba claramente detalles de mi infancia, de cuatro décadas atrás. Pero preguntó unas diez veces adónde tenían que ir más tarde; mi tía le aclaraba con paciencia: “A lo del médico, mamá”.

 

Me mostró un libro de Turquía, donde se había ido de luna de miel con su segundo marido poco antes. “Las chicas de la peluquería me preguntan qué tal es Estambul”. Estaba de moda una telenovela turca por esos días en Argentina y esa ciudad tenía aires de «Las mil y una noches».

 

La recuerdo en los 80, también compartiendo sus libros de viajes. El David de Miguel Ángel, que lo había visto en Florencia. Las fotos de las torres gemelas en Nueva York, que había hecho con arte tras sus cursos de fotografía. Yo empecé a soñar con Europa a través de esas imágenes.

 

La recuerdo a la salida de su escuela secundaria, adonde iba de noche porque en su adolescencia no la habían dejado estudiar por ser mujer.

 

La recuerdo diciendo “no soy un robot” y que con mi abuelo Pepé la llamábamos gritando: “Robot, traenos el desayuno” y ella se hacía la enfadada.

 

La recuerdo bella como una actriz de cine, siempre igual a sus fotos de juventud. En su nevera guardaba las cremas para la cara y poca cosa más, no le gustaba cocinar. Un día la sorprendí arreglándose una peluca en el baño. Le habían quemado el pelo con un intento de permanente y mala praxis. Nos reímos y me dijo que sería nuestro secreto. Como broma, en carnaval la tiraron en una piscina y ella, como única defensa, sostenía la peluca con sus dos manos cual sombrero en medio de un huracán. Solo yo sabía la verdad de ese gesto.

 

La recuerdo conduciendo un Ford Farlaine, majestuoso como un barco. Mi abuelo sentado como acompañante, yo en el interminable asiento trasero con tapizado negro de arabescos.

Es el mismo coche que tenía Bioy Casares, según cuenta “La hermana menor”, el libro sobre Silvina Ocampo que leía anoche. La palabra “Farlaine” dispara mi memoria y explica esa sensación de aristocracia que me acompañaba en esos trayectos. 
 

Ella también recuerda detalles como estos, aun cuando se ha olvidado de todo lo demás.

 

Mi tía le pregunta “mami, ¿Sabés quién soy?” y ella le responde: “Claro, el día que no sepa quién sos, llevame a un geriátrico”. Lo dice con una sonrisa lúcida y sarcástica, no con tristeza. El humor negro que caracteriza a la familia. A veces pregunta si es verdad que mi papá falleció. En cambio se acuerda claramente de la muerte de su hijo de seis años.

 

Mis abuelas, tan diferentes, nacieron el mismo año, 1929. Se hicieron amigas y en una época tuvieron una agencia de quiniela juntas. También se fueron de vacaciones juntos los dos matrimonios y visitaron un casino. Tenían en común esa vocación por el azar. Quince, “la niña bonita”, cuarenta y ocho “il morto che parla”. Si soñabas con piojos había que jugarle al ochenta y siete, con huevos, al doble cero.

 

El Pepé murió cuando yo tenía once años. En los 90 ella se fue a vivir a Chicago, a cuidar a la hija de una amiga, a trabajar de “baby sitter”. Se puso de novia con un escultor negro, que tenía obra suya en la Casa Blanca. Lo acompañó a recibir un título de doctor honoris causa, que Isabel Allende recibió en el mismo acto. “Él no hablaba una papa de castellano, y yo estaba aprendiendo inglés, pero nos entendíamos con un lenguaje universal…” me contó con su mirada chispeante, a la vuelta.

 

En 2018 fuimos con mis tres hijos a Argentina. Nos reunimos en una cena en la que estaban casi todos mis primos y su descendencia, una mesa larguísima. En un momento salimos a bailar. Ella también. Bailó y bailó. Es la última imagen que tengo de ella, desde el coche ya en movimiento: bailando en medio de las luces de discoteca.

 

“Hola mi chiquita”, me escribe mi tía y me cuenta cómo está pasando la Memé la cuarentena.

 

Yo hago hoy mi propio confinamiento para rescatar esa parte creativa que el día a día me fagocita. 

 

Y siento que algo de ella está conmigo. Que el fulgor de sus ojos negros cuando me contaba cómo se había hecho entender con los taxistas parisinos, es el mismo con el que miro ahora esta página blanca que me empuja a dibujar otra frase. Y otra. Y otra.”

 

Un abrazo

P.D.: Uma, Inés de la Calle, es la creadora de Ciudad Babel, su apellido creció a barrio, luego a ciudad y pronto será un universo inabarcable lleno de voces que cuentan misterios.

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