Conversaciones con mi lavadora

Querida lavadora

No es que me falte con quien hablar, pero estos días me he acostumbrado a tener todas las conversaciones intermediadas por algún aparato eléctrónico, así que ya no me parece tan extraño dirigirme a ti con cariño mientras lleno tu cajoncito con jabón líquido.

Aprovecho para contarte algunas novedades de entrecasa.

Por ejemplo:

He llegado al fondo del canasto de la ropa sucia.

Descubrí con cierta nostalgia unos calcetines casi acartonados de la época en que mis hijos iban a jugar al basket. Alguna prenda de esas de rayas blanca y negras que al no saber si corresponde a la ropa oscura o la clara, se había quedado detenida en la paradoja de la tercera dimensión. Todo, sin excepción, ya está colgado en el tendedero o guardado en su lugar. La verdadera novedad es que el debe ha superado al haber y soy capaz de lavar más ropa de la que se consume.

Solo producimos basura orgánica y algo de envases y papel.

Un nuevo orden ha hecho desaparecer los restos mezclados. Sospecho que es el tiempo dedicado a la cocina, la imposibilidad de comprar objetos que no sean comestibles y la salida, convertida ahora en paseo, hasta el contenedor de reciclaje que ponen cada noche en la plaza frente a mi casa.

No suenan más los despertadores.

El biorritmo de cada habitante de la casa nos despierta a horarios sucesivos. Y vamos apareciendo y desapareciendo de los espacios comunes a veces con voluntad de diálogo, otras de cordial silencio.

La mesa de la cocina sigue siendo el espacio de reunión por excelencia.

Los encuentros han adquirido un caos orgánico, un ritmo que tiene la belleza botánica de una enredadera. La marcialidad del horario escolar nos aplicaba rutinas que hemos dejado en el armario hasta nuevo aviso. Hay una laxitud que tampoco es la de agosto. Es inédita, aunque con el correr de las semanas va adquiriendo una cualidad de permanencia, de familiaridad.

El aburrimiento ha tocado capas de creatividad que eran desconocidas para mis adolescentes.

La niña pinta acuarelas a la madrugada. Su hermano investiga la mejor manera para dotar de una cáscara perfecta al pan casero, estudia el tamaño de las burbujas que hace la masa. Han acabado varios libros. Con el mayor hablamos de la forma bella en que Murakami describe la tristeza. Esta mañana llegué a citar “La insoportable levedad del ser”. El padre de familia los desafía por turnos con el ajedrez y van mejorando sus estrategias de defensa y ataque.

Somos, de todas maneras, una familia bien armada para esta crisis.

Los adultos a cargo ya trabajábamos online la mayor parte de nuestro tiempo productivo y los menores a nuestra custodia ya hacían pasar casi todo su esparcimiento, curiosidad y vida social por la pantalla de sus ordenadores o teléfonos, a veces en simultáneo.

Y aquí estamos, descubriendo a diario estas formas tan singulares de ocupar el espacio llamado casa y el tiempo llamado semana.

 

La más feliz es nuestra gata. Nunca nos tuvo tan cerca. Está a punto de gastar sus depósitos de ronroneo satisfecho.

Te pongo en marcha, querida lavadora. Y no te preocupes que los pijamas seguirán necesitando de tus servicios.

Avísame cuando termines con tu tarea. Con ese meneíto tan rítmico que haces al centrifugar.

un abrazo

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